No dialoguemos con el diablo

Desde su arribo al aeropuerto internacional de la Ciudad de México, el Papa Francisco empezó un peregrinar por nuestro país tal y como se había previsto. Pletórico de gente, con grandes escenarios y auditorios muy variados. Territorialmente atravesó de extremo a extremo la geografía nacional y compartió eso que lo ha caracterizado en el paso de su papado: humildad, bondad, franqueza y misericordia. Su sello personal dejará un gran recuerdo en nuestros compatriotas que profesan su Fe, al recibir a la cabeza espiritual de esta Iglesia.

Pero más allá de la connotación religiosa, el Papa es hoy en día uno de los líderes de opinión y políticos más importantes del mundo. La figura papal ha representado un equilibrio en la geopolítica mundial. Representa además, un referente en posiciones ideológicas que determinan normativamente, a la vez que cimbran, a las sociedades modernas. En fin, su presencia y sus mensajes –como lo comentamos la semana pasada- debería ser seguida con esa doble óptica. La del líder religioso al tiempo de un hombre consciente de la influencia que detenta.

Es así que a lo largo de estos días escuchamos de su boca, mensajes muy claros y directos que definieron claramente la visión que él quiso dejar a quienes los quisieron escuchar y tomar como referencia para su vida propia. En Palacio Nacional se dirigió a la clase política nacional y pidió responsabilidad moral para  afrontar los cargos de gobierno y poder responder a la gente. No solo bastan las leyes, la conducta moral también es muy importante, dijo en presencia del Presidente Peña Nieto y 1500 asistentes.

De esta forma comenzó su recorrido de evento en evento y pronunciar frases que quedarán para la posterioridad y la reflexión. Tan solo los lugares que pisó ya tenían un significado emblemático tanto para el creyente como el no creyente. Obligado era el paso por dos de los edificios simbólicos más importantes para el México católico: la Catedral Metropolitana y la Basílica de Guadalupe. Y aún como externo, sorprende la forma de dirigirse a los obispos mexicanas, con frases contundentes y demasiado fuertes.  Aquí fue muy claro su papel de líder de la iglesia. A diferencia a que unos momentos antes actúo en Palacio Nacional como un jefe de estado, pero con una implícita vocación a orientar, sobre todo moralmente, a quienes escuchaban sus palabras y las quería entender.

Ecatepec, San Cristóbal de las Casas, Morelia y Ciudad Juárez en su conjunto son puntos clave que representan mucho de los males que afectan a las sociedades modernas: violencia, pobreza, inseguridad, exclusión y en donde el Papa llegó como un portador de esperanza y misericordia,  y así fueron sus palabras, a la vez que señaló sin recato, problemáticas muy actuales que por desgracia enfrenta el México de hoy, Narcotráfico, falta de oportunidades para los jóvenes, la migración como un fenómeno lacerante, etc.

Y al tiempo que señaló males externos, también habló de eso interior que carcome al ser humano del siglo XXI y que lo llama a delinquir, a traicionar, a corromperse en general. Y por eso la frase genial: “no dialoguemos con el diablo, porque siempre nos va a ganar” como gran metáfora de  lo que sucede cuando somos tocados por todo aquello que corrompe.

Mucho ha dado de que hablar este amplio bagaje que deja Francisco, que en un país tan dado al análisis y la reflexión, representará el punto de partida de los extremos políticos. Habrá quienes afirmen que fue insuficiente y superficial, así como aquellos que se quedan con la parte espiritual.

En lo personal considero que fue muy positiva esta visita, ya que de una manera muy diplomática se puso el dedo en la llaga en muchos de los temas más relevantes de la vida actual. Y el análisis nos permitirá entender que fueron muchas las coincidencias de lo que le preocupa al Papa con lo que le preocupa a la sociedad mexicana y que por tanto, ocupa al gobierno y a su Presidente. El Papa habló de atender a la pobreza, de acabar con el hambre, proporcionar vivienda adecuada, crear espacios para jóvenes y cerrar brechas con la población indígena. Fortalecer la educación y dar seguridad y paz a la ciudadanía. Claramente son ejes principales de este gobierno, en correspondencia con el esfuerzo de los gobierno locales, pero siempre refiriéndose al blindaje moral que deben tener las acciones públicas. Así lo dijo y lo entenderá quien tenga ese compromiso verdadero de actuar con ética y honestidad dando resultados eficaces en el lugar que le corresponde. 

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